lunes, 22 de octubre de 2012

Tierra de muertos


Han pasado veinte años desde que feneció mi bisabuela y parece ser que los recuerdos que poseo se desvanecen conforme pasa el tiempo, como si el barlovento del norte erosionara sin en el menor escrúpulo mi pasado. De pie frente a la tumba de ella reviven sus regaños, sus amenazas, sus insultos y sobre todo sus cariños. Desde muy joven tuvo que migrar de Papantla, Veracruz, hacia San Luis Potosí más por una cuestión sentimental que por necesidad, gracias a los conocimientos gastronómicos que había adquirido en su pueblo natal le permitió encontrar trabajo como cocinera en un modesto restaurante de la carretera 57. El padre de sus hijos un viejo ferrocarrilero que la sedujo prometiéndole matrimonio la olvidó después de que ella se entregara en cuerpo y alma. Hasta que un día cansada por la incertidumbre decidió buscar al padre de su primogénito para que respondiera como ordenaban las costumbres de su terruño:<<Si no se casan al menos que reconozcan a sus hijos>>.  Instalada en el desasosiego mi bisabuela decidió permanecer en tierras potosinas con la esperanza de que algún día recapacitaría <<aquel viejo bribón>>, como solía llamarlo.

En la sala de mi apartamento conservo una fotografía de ella cuando era joven su atractivo no tenía punto de comparación, su elegante peinado y su tierna mirada fueron los elementos necesarios para ser captada por una rudimentaria cámara fotográfica, como si estuviera platicando desenfadada con alguien. No dejo de pensar en el destino, mi bisabuela se aferró a una idea a un capricho de los tantos que tuvo en el último lustro de su vida que mudarnos de aquella casa tan enorme no fue una decisión prudente. La tristeza que embargó las cuatro paredes a raíz de nuestra mudanza fue el aliciente de sus peores presagios que poco tenían que ver con su longeva vida.

La antigua casa que habitamos se encuentra en la calle Ignacio M. Altamirano, también conocida como el Callejón del Buche. La cercanía con el templo de Tlaxcala hacía más angustiante nuestra residencia en ese lugar: los constantes repiques, los pasos presurosos de las beatas y los pormenores halagos hacia mí madre, adquirieron un semblante alarmante para mi padre.

La vida en el centro histórico durante el día estaba cohesionada en torno a los numerosos comercios ambulantes, humildes comedores, clandestinas licorerías, casas de citas y burdeles. Aunque nunca había oído queja alguna sobre ello, no fue hasta que escuché las noctívagas risotadas femeninas que se filtraron por la ventana de mi habitación una noche de otoño. La música de una mal afinada orquesta interpretaba canciones idílicas sobre meretrices renuentes al amor verdadero mientras una voz cavernosa anunciaba cada hora a partir de la media noche la variedad para el próximo fin de semana estimulando una enloquecida concupiscencia entre los comensales por la vida nocturna. En el momento que el Salón México abría sus puertas la calle lucía más atractiva y segura, solo era necesario caminar unos cuantos metros sobre Eje Vial para encontrarse con el cabaret.

Tuvieron que pasar varios meses para familiarizarme con los escándalos que se suscitaban en la calle, desde mi ventana oteaba a los clientes que entraban al cabaret con cierto misterio saludando efusivamente al guardia de la entrada mientras lanzaban un vistazo hacia el interior del establecimiento para cerciorarse del buen ambiente que garantizaban los empresarios del lugar. Todo era un tanto intrigante.

Un día decidí despertar más temprano de lo habitual para ir a la escuela, encontré en la calle algunos asiduos clientes saliendo del cabaret abotagados por el sudor y con claras muestras de dipsomanía. Conforme avanzaban el mareo producto del licor era evidente se abalanzaban hacía la pared de alguna modesta casa afianzando cada paso sobre el adoquín jadeando como el resuello de un violento homínido. Había perdido toda noción de lo que antes era aquella calle embadurnada de excremento, tapizada de violentos vómitos, humedecida por indulgentes micciones e impregnada por un tortuoso olor que destilaba el cabaret: una rara mezcla de licor de uva con desinfectante para sanitarios. Un día amanecieron en la puerta de la casa huellas dactilares ensangrentadas que se desplazaban de un lado a otro como si fuera el zarpazo de un oso.

 Durante los fines de semana se instalaron interminables filas de taxis invadiendo las adoquinadas aceras en espera de algún cliente, a ello debo agregar la proliferación de modestos establecimientos culinarios en cada esquina para atenuar las necesidades famélicas que pudieran suscitarse. Aunque en un inicio los vendedores de flores fueron los que controlaron el comercio informal, al poco tiempo llegaron todo tipo de personas ofreciendo relojes baratos, mariguana, cocaína y meretrices.

El éxito del cabaret radicaba en un espectáculo femenino que según mi padre contaba en reiteradas ocasiones a su mejor amigo apodado El Diablo:<<Hay una dama que se quita la ropa mientras baila indecentemente>>. Me resultaba difícil simular tranquilidad durante las inusitadas visitas de los compañeros de trabajo de mi padre no había fin de semana que no llegaran con el pretexto de una necesidad execrable o realizar una llamada telefónica. Hubo un día donde el zaguán y pasillo principal de la casa estaba tan congestionado que no cabía un alfiler, dudo mucho que las pláticas de mi padre fueran el pretexto para visitarlo los fines de semana. Todo esto tenía que ver con el cabaret. Muchos de ellos engañaban a sus esposas argumentando resolver asuntos del trabajo. ¿Qué se puede atender en una modesta casa los asuntos relacionados con la reparación de la vía del ferrocarril? Empero, llegaría el día donde mi bisabuela haciendo uso de su edad y soez vocabulario echó a cada uno de ellos a la calle.

Ahora que me encuentro en la tierra de los muertos rodeado de sepulturas de cantera rosa oscurecida por el tiempo casi todas ellas pertenecientes a familias adineradas decimonónicas comprendí el empecinamiento de mi bisabuela por adquirir a como diera lugar ese lote para ser sepultada tres metros bajo tierra a un costado de Arturo Castillo, sí de aquel viejo bribón. Lo que siempre anheló en vida solo en la muerte consiguió.

El cielo empezó a oscurecerse de forma angustiante haciendo más dramática mi estancia en el cementerio que de vez en cuando mostraba sus eléctricas venas azuladas dotando a las tumbas de sombras espeluznantes. Un aguador de los que predominan en todos los camposantos llegó con una carga de agua para vaciarla sin el más mínimo respeto sobre la lápida de Gabina Marques, como se llamaba mi bisabuela. De un movimiento resuelto vertí un balde de agua en los floreros hasta hacerlos arrojar los embalsamados insectos que el tiempo había sepultado, deposité dos ramos de sus flores preferidas tratando de emperifollar su tumba como siempre quiso que se mantuviera. El breve tiempo que pasé frente a su lapida recordando su ser me inundaron de una indescriptible sensación de taciturna alegría.  

 

jueves, 21 de junio de 2012

Bunburista


Cada ocasión que escucho el trillado discurso calderonista una imagen desoladora se instala cómodamente en mi mente para perturbarme cada segundo que asimilo las palabras que vomita a través del televisor. La perorata oficial adquiere, conforme transcurre el discurso, un tono de voz más elevado y agresivo cuando el mandatario recuerda toda manifestación civil contra la violencia. Para él no existe el pueblo ni las víctimas: todo se reduce al costo de la guerra. La personalidad de Calderón a veces cambia y se muestra comprensible ante las necesidades de la población mientras en otras ocasiones se muestra bonachón.

Lo mismo sucede con las televisoras mexicanas que durante años han manipulado cada segundo la realidad que vivimos mostrando al televidente una farsa que han idealizado como el único camino para encontrar la felicidad. Sí eres pobre la fortuna te llegará por si sola; si eres adinerado una desgracia cambiará la mentalidad capitalista; si eres feo una hermosa modelo perderá la cabeza por ti. En suma crean programas que poco tienen que ver con reafirmar los valores que la sociedad ha olvidado casi por completo para justificar el gobierno que tenemos más no el que merecemos. 

Para las televisoras hoy más que nunca necesitan mantener a la ciudadanía flotando en un mar de historias inverosímiles para que no cuestionen nada acerca de las decisiones y ocurrencias del mandatario de México. ¿Será cierto que estamos pagando impuestos para sufrir?
 La importancia de llamarse Ernesto es una de los obras de Oscar Wilde a la que recurro cada vez que habla Calderón, quiero decir que en ciertos momentos es Felipe y en otras ocasiones es Bunbury. Para Wilde, Bunbury es totalmente inestimable, un personaje enfermizo, creado para mentir en un tono altamente moral que conduzca a la salud o a la felicidad de uno. En efecto un bunburista es un ser mentiroso, irreal e inverosímil.

No obstante ello la guerra civil ha llegado a justificarse desde distintas perspectivas que sólo busca la aceptación de las mayorías y la desacreditación de las minorías que levantan la voz. Cada discurso bunburista pierde credibilidad cada vez más por aquellos mexicanos y mexicanas que viven la incertidumbre social. Asimismo, las televisoras que han unido fuerzas para enfrentar a quien ahora llaman el enemigo se convierten en otros bunburistas confirmados. Ante ello recurriendo de nueva cuenta a Oscar Wilde dice que la verdad rara vez es pura y nunca es simple. La vida moderna sería muy aburrida si fuera ambas cosas.

martes, 29 de mayo de 2012

Bajos fondos de un barrio potosino




Me encuentro en el Eje Vial, una avenida donde se encuentra el mayor número de comercios formales e informales, atraviesa el centro histórico hasta llegar a la Alameda Juan Sarabia. En ella se encuentran desde comedores familiares, lavanderías, imprentas, peluquerías, panaderías, tiendas de abarrotes, tapicerías, farmacias, restaurantes, papelerías, funerarias, gimnasios, hasta carretas repletas de fruta podrida. Asimismo, se ubican instituciones policiales, casas de citas y risueñas meretrices bruñidas de colores escandalosos con sus medias y zapatos desgastados. Es en esta misma avenida donde se encuentra el edificio de Seguridad Pública que muestra sus histerias colectivas cada ocasión que se presenta un hecho criminal. No importa, porque una improvisada arena de lucha libre aparece entre ellos; el pancracio luce esplendido frente a los ojos atónitos de un cúmulo de enmascarados, la mayoría son niños que no sobrepasan la edad de diez años.
No obstante ello la prostitución de homosexuales, transexuales y mujeres en ésta transitada avenida ha tenido un rechazo social sin precedentes, no se trata de esquivar ésta lamentable realidad sino confrontarla. En éste espacio público la trata de personas, el turismo y explotación sexual es una constante de día y noche. Asimismo, existen casas de citas o centros nocturnos donde la variedad estriba en un cúmulo de chicas llevando a cabo la exaltación de las pasiones humanas actuadas a partir de un baile concupiscente, despojándose poco a poco de sus atavíos. Es aquí donde existe el mayor número de consumidores, sobre todo en las noches es cuando se deja sentir plenamente el carácter más deprimente y perverso de estos prostíbulos. Lo cierto es que la fuerte demanda por estos servicios ha propiciado que en los últimos años exista una proliferación y afición por éste tipo de lugares, la idea de acabar con ello parece tan ilusoria como risible.
Las calles están tapizadas por baldosas opacadas por los años, sus casas son viejas y sombrías, sus mercados de carnes, vegetales, frutas y fierros viejos son espléndidos. Existe toda clase de compradores recorriendo cada pasillo del mercado La República, los elogios de los carniceros que, con sus voces lúgubres, exhortan a comprar vísceras bovinas mientras los cadáveres rebosan colgados de un gancho despojados de su piel.
En la ala norte se ubican los comedores, las extensas filas de mesas y sillas son evidentes, las cocineras son las encargadas de convencerte a ingerir algún bocado en sus respectivos establecimientos, algunas impregnadas de condimentos en sus delantales otras con la grasa en el cabello vociferan a los famélicos comida barata; menudo, tacos, gorditas, enchiladas, barbacoa, chalupas, etc. En éste mismo lugar los conjuntos musicales compuestos por tres o cuatro integrantes circundan las instalaciones para interpretar la melodía que solicite algún tragaldabas.
Los rostros son desencajados, las miradas taciturnas, los cuerpos siempre embarrados unos con otros, las sonrisas esbozan sarcasmo y los cuerpos humedecidos por el sudor, se desplazan a velocidad angustiante sin dejar de encomendarse a la Santa Muerte, que ostenta un lugar privilegiado en cada establecimiento de productos santeros ya sea para la suerte, el amor, la protección, la fortuna, la vida y un sinnúmero de necesidades materiales y espirituales.
Las cantinas se encuentran con las puertas abiertas de par en par colmadas de bicicletas alineadas encadenadas a las protecciones, estos lugares han sido los escenarios donde las balas dejan torrentes de sangre por todo el lugar sin que esto influya demasiado entre sus asiduos comensales; los santos bebedores. Quienes prefieren refugiarse en el vino y pasar más tiempo en la cantina que en su casa.
En el mercado 16 de Septiembre, a unos cuantos metros del República, es el lugar donde se puede adquirir cualquier herramienta nueva, usada o robada. Además, es terminal de autobuses donde arriban decenas de habitantes de los municipios aledaños en busca de algo. ¿Qué puede ser? Lo ignoro. Es para volverse locos. En sus locales existe de todo; ropa de segunda mano, herramientas, partes automotrices, abarrotes, pornografía, billetes antiguos, antigüedades, revistas y libros. Empero, se halla uno que marca la diferencia lo conocen como La Montaña de Papel, lo atiende un poeta consumado por los vicios de una sociedad perturbada.
El acceso principal siempre está atiborrada de vendedores de atavíos, películas y canciones piratas, en la entrada trasera la resguardan jóvenes precoces que, como si fueran centinelas de un presidio, se mantienen hechos un manojo de nervios observando a los clientes mientras atenúan su malestar con un porro de mariguana que fuman estoicos, imperturbables. Dicha entrada colinda con la calle Moctezuma donde las mujeres, sin dar muestras de pudor alguno, salen con blusas transparentes, sin brasier, mostrando con arrogancia sus pechos y pezones hinchados. No importa porque están acostumbradas a romper medio boca sin el menor remordimiento a quien les falte al respeto. Es el lenguaje amargo de las calles.
Me traslado por la legendaria calle mi destino es el jardín de Tlaxcala, la desolación se instala en cada farol, los lavacoches se adueñan de los espacios públicos para sobrevivir, los niños ofrecen gomas de mascar o mendigan bajo la excusa de ajustar el pasaje para regresar a su terruño, las niñas están con sus madres en cada semáforo esbozando una amargura interminable en sus rostros. Los menos afortunados derribados en las banquetas inhalando a través de un pedazo de tela diluyente o pegamento amarillo sonríen como querubines. 
Algunos de ellos viven en vecindades que fácilmente se pueden ubicar en el primer cuadro del centro histórico. En estos reducidos espacios habitacionales sobresale un amplio patio que comparten entre si sus moradores, las paredes exhalan un olor fétido como a colchón enmohecido por orines de gato, el inodoro lo comparten, las habitaciones son diminutas pero no importa. En cada apartamento aguarda un carrito para vender, globos, fritangas, elotes, papás fritas, hot cakes, tacos, etc. Sin embargo, existen familias que han dedicado su vida entera adiestrando a su descendencia en la preparación de mantecados de gran aceptación entre los habitantes.
Antes de arribar al templo me traslado por una calle donde se ha evidenciado que una de las manifestaciones de solidaridad entre sus habitantes, principalmente los jóvenes, ha sido la música sonidera que ha marcado a más de dos generaciones musicalmente hablando. Kiss Sound es un colectivo integrado por hermanos y amigos cercanos que gustan de mezclar canciones norteñas, colombianas y cumbias. Es característico que una voz cavernosa anuncie a cada minuto saludos especiales para la banda bajo su apodo para guardar el anonimato y fortalecer la identidad grupal de la pandilla.
En los bailes sonideros se puede uno percatar la importancia que tiene para muchos jóvenes éste tipo de música no sólo es un integrador social sino también una forma de manifestar su individualidad a partir de pasos o coreografías improvisadas para iniciar una confrontación que en pocos casos terminan en los golpes. Es también una forma de conquistar chicas que en esos lugares tropiezan con su media naranja, las sonrisas que dibujan estimulan el afecto y reciprocidad. 
Ahora me encuentro en el jardín de Tlaxcala donde los árboles son enormes, no existe quiosco ni mucho menos un monumento de bronce que evoque la historia patria. En la calle aledaña las paredes lucen pintarrajeadas por las pandillas que allí merodean con parsimonia. Es también un punto donde los manifestantes se encuentran para congestionar la ciudad y llevar sus reclamos a las instituciones gubernamentales. No importa porque ahora me encuentro aguardando la misa en honor a mi abuelo, espero que pronto llegue el resto de los que conforman mi familia, estoy exhausto y lo único que deseo es salir de aquí. Un panfleto en el piso del atrio que alude a visitar mi tierra versa: San Luis tiene lo que te gusta. 

viernes, 18 de mayo de 2012

El narcopoder, la enfermedad masiva y los tiempos difíciles


En la actualidad la nación mexicana se encuentra inmersa en un proceso social que ha vulnerado a gran parte de la sociedad debido a la violencia que se ha incrementado en estos últimos tiempos. La guerra declarada contra el narcotráfico tiene como propósito fundamental acabar con quienes hacen daño al país.

Es cierto que una vida sin estudios ni empleo ni futuro a estimulado en los últimos tiempos a más de un mexicano o mexicana a ganar dinero fácil, tener una vida sibarita y eludir a la justicia. El reclutamiento de jóvenes para alimentar las filas de la delincuencia organizada es más nutrido cada vez más. El desempleo, la falta de oportunidades académicas, culturales y físicas, ha propiciado que muchos de ellos ingresen a la mafia sin chistar. Arrojan todo por la ventana por un efímero tiempo de excesos, una eternidad en prisión o una muerte satisfecha. Lamentablemente he visto cómo las mentes más brillantes de mi generación se han arrebatado la vida a consecuencia de una sobredosis, o por el contrario; se encuentran pagando una condena en algún centro de readaptación por su complicidad con grupos narcotraficantes.

Actualmente la cifra aproximada es de poco más de sesenta mil muertos, los daños colaterales son aún más angustiantes, los enfrentamientos entre grupos criminales y militares no reprimen sus balas. El discurso oficial justifica su presencia en el poder, no confronta la realidad, hoy más que nunca se necesita educación y no de intestinas beligerancias. La perorata oficial adquiere, conforme transcurre el discurso, un tono de voz más elevado y agresivo cuando el mandatario recuerda toda manifestación civil contra la violencia. Para él no existe el pueblo ni las víctimas, todo se reduce al costo de la guerra. Una imagen desoladora se instala en mi mente cómodamente para perturbarme cada segundo que asimilo sus palabras: no existirá capitulación alguna. Con todo ello quiero decir que la búsqueda del bienestar o de un México mejor me hace suponer que todo está germinándose desde la inconformidad social, evocar el miedo, terror y ansiedad, que cada fin de semana sobrevivimos me lleva a situarme  dubitativo en que todo cambiara de rumbo, la intrusa calamidad muestra su verdadero rostro.
Lo cierto es que en estos tiempos ha surgido un movimiento que alude a la vida idealizada de un narcotraficante; canciones, lenguaje, atavíos, costumbres, ritos, devoción y un sinfín de actitudes retadoras. La reciente aparición de la enfermedad masiva o movimiento alterado, ha tenido mucha aceptación, manifestación de corte socio-cultural ha adquirido mayor relevancia en la costa del pacifico mexicano.
En sus videos se muestra que el principal rival a vencer son los militares mientras el polvo blanco, dinero, botellas de whisky, armas y mujeres sobran en las escenas. En cuanto a las mujeres que rodean a estos grupos son conocidas como las plebitas chacalosas, son bellas, con cuerpos bien definidos, atavíos sensuales con elementos de pedrería, uñas ornamentadas, siempre hilarantes, dispuestas a confrontar a la autoridad, independientes, bravas y sobre todo dispuestas a entregar la vida en un enfrentamiento.
Para el antropólogo Roger Bartra, la situación aumenta de complejidad debido a que los medios de comunicación masivos ejercen una inverosímil influencia en el modo de vida de la sociedad, para el autor de La jaula de la melancolía. Identidad y Metamorfosis del Mexicano, esta es una función legitimadora que “le imprime un dinamismo al poder, de manera que nos encontramos con la gestación constante de nuevas formas culturales.”[1]
El narcopoder difunde un estilo de gasto privado que se vuelve público, “el ofensivo y auto-apantallante desfile de residencias, joyas, automóviles inmensos, armas de alto poder, esclavas y relojes de oro, maletas colmadas de dólares, vedettes de opulencia anatómica, camionetas último modelo… todo lo que sus poseedores jamás hubiesen obtenido con su grado de escolarización y sus relaciones familiares.”[1] Tanto para los campesinos como a los pobres urbanos el narcotráfico les ofrece la movilidad social de un modo vertiginoso, este tipo de vida donde el dinero llega a raudales, las manías adquisitivas se vuelven primordiales y la técnica para decorarse más que para ataviarse de los narcos, “no sólo es ostentación (todo lo que relumbra es oro) sino el mensaje delirante a los ancestros que nunca salieron del agujero.”[2]
Esta imposición otorga el tono estrictamente social a las nuevas generaciones que se arrojan a la vida corta o a la prisión, la rebeldía ya no es sinónimo de resistencia, ni de lenguaje subversivo, ni mucho menos de manifestaciones sociales, políticas y culturales. Ahora todo se transgrede, la rebeldía ya no justifica ninguna ideología, ahora es la vida enconada la que sugiere pensar individualmente por el incierto destino que les depara. Es el Estado que se resiste a reconocer su error, nadie es culpable de la situación alarmante en el país, pero sí de una cierta complicidad por no enfrentar la desoladora cotidianidad mexicana que nos arrasa.
Hoy más que nunca entablar un decoroso diálogo con la realidad que vivimos es apremiante, reconocer que las políticas sociales han sido encaminadas por el camino más sinuoso no es asumir un acto de ingobernabilidad por el contrario sería un acto de honestidad. La inseguridad es un tema que hoy en día se impone pese a las iniciativas que pretenden eludirla. Los tiempos difíciles vienen acompañados de incertidumbre, la inseguridad avanza y la paz se vuelve turbia


[1] Arellano, Antonio, et-al. Fuera de la ley. La nota roja en México 1982-1990. Ed. Cal y Arena. 1993, pág. XIII México.
[2] Monsiváis, Carlos. Los mil y un velorios. Crónica de la nota roja en México. Asociación Nacional del Libro, A.C. 2009, pág. 184. México.


[1] Bartra, Roger. La Jaula de la Melancolía Identidad y Metamorfosis del Mexicano. Ed. Grijalbo. 2007, pág. 169. México.

martes, 15 de mayo de 2012

La inevitable discrepancia sobre el chicle


Cada ocasión que mastico un chicle no dejo de sentir cierta inquietud por el destino que tendrá mi dentadura; acaso un par de dientes podridos que el odontólogo se encargará de sanar o simplemente una dolorosa mordida en mi lengua, como me ha sucedido en diversas ocasiones. A sabiendas de las consecuencias que sufrirá mi boca lo realizo de vez en cuando no para atenuar el mal aliento que produce ingerir un café o fumar un cigarrillo, sino para fortalecer mi quijada como las fauces de un cocodrilo.

Escribir sobre la goma de mascar parece algo inusual, estrafalario e hilarante, lo cierto es que nadie hasta el sol de hoy ha podido desprenderse de esa masa elástica que tu dentadura mastica torpemente hasta el cansancio. ¿Será inevitable para la humanidad vivir con un chicle en la boca? No lo sé. Finalmente el ser humano no sólo respira, observa, escucha, siente y saborea, sino también masca chicle; una parte inexorable de su cotidianidad. Durante mucho tiempo he presenciado cómo los seres humanos han encontrado en este producto un placer indescriptible como fatigante, mientras que para algunos ha sido un odioso enemigo a vencer al momento de desprenderlos de las bancas, aceras, muros, atavíos e infinidad de lugares inimaginables; para las manos adecuadas ha representado una salvación ya sea para pegar un papel a la pared, unir un plástico con otro, aislar cables, etc.

Mi relación con ésta golosina ha sido de total incertidumbre recordar cómo fui víctima de las innumerables telarañas que cubrieron mi cabeza durante mi niñez, como si fuera la red de un cocinero, no ha sido alentador. Las visitas al peluquero fueron constantes la única forma para lograr desprender la gomosa masa de mi cabellera era recortando la considerable parte perjudicada, mi aspecto siempre fue equiparable a la de una zanahoria mordida.

En cierta ocasión a bordo del transporte colectivo urbano atisbé cómo una decena de usuarios agitaban constantemente la mandíbula de arriba hacia abajo; unos de forma lenta, otros a velocidad angustiante. Hubo una pasajera en especial que llamó mi atención tanto por la pericia de formar ingentes bombas en sus labios, como por el desesperante ruido que emitía desde su boca. Su rostro esbozaba una singular mirada diabólica, mientras sus maxilares perversamente trataban de aniquilar la masa gomosa que vagaba entre sus dientes, me dio la impresión que en cualquier momento empezarían a sangrar sus encías.
En el momento menos inesperado sacó de su boca la pequeña esfera chiclosa para colocarla en la solapa de su blusa, se levantó del asiento se perfiló hacia la puerta trasera palpó en los bolsillos de su pantalón hasta encontrar un pequeño envoltorio de gomas de mascar introdujo una nueva tira a su boca y se apeó. Estimulado por el asombro no me había percatado de los nuevos tripulantes que, a la par de los que se encontraban viajando, también mascaban chicle, era como si una sinfonía de instrumentos elásticos ofreciera el concierto de su vida.

Ha sido tal el impacto del chicle en nuestra sociedad que existen convencionalismos sociales aceptables como: masticar el chicle con la boca cerrada; evitar mascarlo en el salón de clases; no escupirlo en la calle; y no sacarlo de tu boca para estirarlo. Tanto masca chicle el político, el narcotraficante, el empresario, el chofer, el académico, el obrero, la tortillera y la meretriz; como el religioso, el intelectual, el locutor, la cantante y el actor. Algo tan inevitable como necesario. ¿Acaso el chicle no es una herencia prehispánica que gracias a la fuerte demanda ha podido conservarse hasta nuestro días?

El período electoral que vivimos en la actualidad ha dado pauta para que los candidatos muestren sus personalidades en cualquier objeto, afortunadamente el chicle ha pasado por desapercibido por la clase política sino serían tan cínicos que buscarían la forma de aparecer en los paquetes para afinar la democracia desde la mascada. En cambio, en el amor -en una de sus manifestaciones más elocuentes- el chicle ha fungido un rol muy importante al momento de manifestarlo, cuántas parejas románticas no hemos presenciado intercambiando -intencionalmente o con alevosía- de boca a boca ésta golosina.

Ahora bien, existen imágenes estereotipadas en el mundo cinematográfico donde el chicle ha desempeñado un papel protagónico, sin él la actriz o el actor no tendrían credibilidad al momento de interpretar a un rebelde justiciero o a una vanidosa meretriz. En el mundo del deporte es aún más evidente cuántos futbolistas, beisbolistas, basquetbolistas, ciclistas… no aparecen a primer cuadro con el rostro destilado de sudor, con la mirada rígida como si estuvieran concentrados sin dejar de masticar chicle.
Lo cierto es que la fuerte demanda por el chicle ha estimulado a las empresas ofrecer a sus consumidores nuevos sabores -ya sea sin azúcar o con nicotina-, tamaños, formas y presentaciones. Incluso existen portentosas gomas de mascar capaces de eliminar hasta el último aliento. En un artículo poco conocido y viejo en sí mismo ubicaba a México como el segundo país consumidor de goma de mascar en el mundo, lo que representaba para las autoridades una amenaza para sus habitantes. No obstante ello, los altos mandos de salud advirtieron que mascar chicle no sólo representaba un riesgo para las millones de dentaduras en el país, sino que a la brevedad se convertiría en contrariedad para los gobiernos, puesto que la inversión para desprender los chicles adheridos a la superficie tendría un costo significante. Además, que cada chicle mascado representa un cúmulo de bacterias y enfermedades para la ciudadanía.
No importa, porque cada vez son más quienes destinan una fracción considerable de su dinero en una práctica tan común como indispensable. Una clara dependencia a la goma de mascar. A quién le importa tener caries mientras puedas atenuar un poco el hambre, la angustia, la consternación, la amargura y el sufrimiento. Finalmente el chicle se apropia del temperamento humano, hace funcionar la vida.    

miércoles, 7 de marzo de 2012

El primer poeta de San Luis.


A partir de la llegada de los españoles a tierra adentro hubo un cambio en el orden social de gran trascendencia. Una cultura inmersa en una tierra árida, difícil de sortear pero habitable, se encontró con una de las grandes oposiciones al nuevo orden, la rebeldía. El pasado de la actual ciudad de San Luis Potosí estuvo colmada de evangelizaciones, conquistas, hogueras y crímenes pasionales en sus primeros años de fundación, pese a la resistencia de la cultura aridoamericana por impedir el asentamiento de la milicia española en estas tierras no fue suficiente. Poco más de cuarenta años fue el tiempo que duró el enfrentamiento entre Chichimecas y españoles que permitiera a estos últimos colonizar el altiplano.
La apertura de caminos fue uno de los primeros proyectos que emprendieron las empresas colonizadores para penetrar los inhóspitos territorios azolados por culturas renuentes al nuevo orden de la época. Sin embargo, los asaltos en los caminos eran peligrosos y continuos por lo que hubo necesidad de construir fuertes o presidios a lo largo y ancho del territorio, esto permitió tener un poco de seguridad y fundar pueblos entorno a estas edificaciones. Con el pronto establecimiento de los españoles en estás tierras hicieron con los misioneros y otras culturas indígenas mesoamericanas -como los tlaxcaltecas, aztecas, tarascos, otomíes entre otros más-, intentar sopesar la habilidad que tenían con el arco y la flecha e incluir algunos chichimecas para su pronta conversión al catolicismo y adaptación a la nueva civilización que la corona española exigía.
Para el historiador Rafael Montejano y Aguiñaga en  su texto San Luis Potosí. La Tierra y el Hombre había que enseñar al chichimeca a llevar una vida sedentaria, organizada, así como a “obtener el sustento, la ropa y demás explotando técnica y constantemente los recursos naturales.”[1] No obstante ello para asegurar éste proyecto hubo también obsequios de paz como: cuchillos, carne, semillas, atavíos, etc.
El Capitán Miguel Caldera fue quien llevó a cabo esta empresa pacifica que atraería intempestivamente a caravanas de españoles en busca del oro y plata que habían descubierto en el Cerro de San Pedro, lo que obligó a crear poblaciones entre ellas las de Santiago, Tlaxcala, Montecillo, Tequisquiápan, San Sebastián, San Miguelito y San Juan de Guadalupe.
Durante los primeros años de fundación las sociedades establecidas fueron consolidándose poco a poco ante el advenimiento de mineros españoles, criollos, mestizos, indígenas, negros y mulatos, quienes iniciaron una serie de expediciones para continuar con la explotación mineral por todo el territorio. Con ello también llegaron las nuevas formas de trabajo que exigía ésta sociedad entre los oficios que se destacan en la época se cuentan con el de carpinteros, albañiles, orfebres, sastres, panaderos, zapateros y herreros. Las primeras construcciones fueron templos y conventos con arquitectura que obedecía a las expresiones de la época: el barroco, que fue el predilecto de los misioneros. Posteriormente, se construyó la Plaza de Armas, las haciendas de beneficio, caserones, casas reales, hospitales y colegios.
En cuanto a la educación como es conocido estuvo a cargo de la iglesia, la instrucción se reducía en leer, escribir, contar y aprender el catecismo, la primera escuela según Montejano y Aguiñaga se instaló para los tlaxcaltecas en su propio barrio, el octogenario Fray Diego de la Magdalena pasó sus últimos años en el convento que ahí mismo se construyó educando a los indígenas. Conforme avanzaba el tiempo fueron arribando otras órdenes religiosas como la de los franciscanos, agustinos, jesuitas y mercedarios, quienes también iniciarían en sus respectivos conventos y la enseñanza potosina.
Es también en Tlaxcala donde la tauromaquia fungió como una de las aficiones más importantes para sus habitantes. No sólo había comedias que se presentaban en pequeños teatros sino también peleas de gallos. Las fiestas religiosas, como la de Corpus, así como las comedias en el teatro desempeñaron un rol importante para aquel que carecía de medios para diversiones como las mencionadas.
No obstante ello, es Juan de Gabirira quien absorbe mi atención, avecindando en el barrio de Tlaxcalilla en 1606 con su pareja Marta de Rentería, plasmarían en el pasado potosino un suceso trágico justificado por la traición amorosa.  A partir del antecedente histórico que existe sobre éste crimen pasional a unos cuantos años de haberse fundado el barrio, el mercader español Juan de Gabiria después de encontrar a su consorte Marta de Rentería en un amorío invocó la excusa de la venganza. ¿Cómo puedo comprender una sociedad sino encuentro el antecedente que condiciona su existencia? ¿No es acaso la herencia de un barrio los hechos que marcaron su fundación? 
El 28 de Agosto de 1606 fue cuando Juan de Gabiria después de haber perdonado una vez la traición amorosa de su mujer no logró resistir la segunda, por lo que decidió sin el menor remordimiento asesinarla asestándole varias puñaladas no sin antes escribir un poema que por duplicado dejó uno en la habitación donde yacía el cadáver y el otro en el picaporte. Con algunas variables transcribo del texto Causa criminal de la Real Justicia contra Juan de Gabiria. Primer poeta de San Luis Potosí, escrito por Joaquín Antonio Peñalosa y Alejandro Espinosa Pitman, algunos versos de diez décimas que lo componen:

A Marta de Rentería.



Si bien, como merecía,
midieras mi fe y amor,
ni mostraras tu rigor,
no yo viera tu porfía;
por donde, señora mía,
visto tu esquivo interés,
me es fuerza decir que es
la causa de tanto mal,
ese rigor natural
con que mi firmeza ves.
Pero cuando consideres
que eres mujer y yo ausente,
yo discreto y tu imprudente,
yo quien soy y tu quien eres;
y que si a dicha me vieres,
de aquí a un mes o de aquí a un año,
verás cierto el desengaño
y me dirás que acerté:
yo en guardarte amor y fe
y tú en procurar mi daño.
Caído me has a las manos,
pagas por donde pecaste,
que si de mi te burlaste,
yo de tus gustos livianos;
que los cielos soberanos,
viendo mi justa querella,
te dan por sentencia en ella
que, como desconocida,
la que me quitó la vida
se quede sin mí y sin ella.

Es la frustración del amor la que sobrevive a la degradación humana éste es el lenguaje triste y amargo compuesto por la traición, invocar la venganza no fue una respuesta práctica al honor. El proceso criminal que iniciaría en 1606 y terminaría en 1610, tuvo un inverosímil desenlace, Juan de Gabiria tendría como condena el ostracismo del pueblo de San Luis y unas cuantas multas. En cambio para el barrio de Tlaxcalilla esto le valió tener a su primer poeta.

[1] Montejano y Aguiñaga, Rafael. San Luis Potosí. La Tierra y el Hombre. Ed. UASLP, 1997. Pág. 54. México.

martes, 6 de marzo de 2012

Todo lo naco es chido


Por muy desenfadado y estrafalario que parezca el siguiente artículo, producto de mi meticulosa observación e infame pluma, tiene como finalidad plasmar las expresiones de un noble mexicano frente a un evento muy vergonzoso e hilarante a la vez que presencié hace poco más un año. Quiero plantear que confundir la picardía con la ignominia del lenguaje es como creer que un niño tiene mucha similitud con un suricato. Ante ello hago mías las palabras del escritor Jorge Ibargüengoitia al señalar que los insultos son palabras sonoras que deberían tener cierta eficacia: el que insulta y falla está perdido. Y agrega: "los insultos son nacionales, automáticos e independientes del verdadero sentido de la frase".

En la actualidad es muy común escuchar en la calle un sinnúmero de calificativos hacia las personas ya sea por su forma de vestir, expresarse, comportarse, de los ruidos extraños que emiten de su ser e incluso por sus orientaciones sexuales. A mí forma de ver la realidad pareciera ser la individualidad de cada humano la que se mancilla. En cierta ocasión tuve la fortuna o desventura de presenciar en plena plaza de armas de la capital potosina cómo un ciudadano le lanzaba piropos a una linda mujer que por su porte, elegancia y sobre todo por sus hermosas piernas, como si estuvieran destinadas a posar por siempre ante las cámaras su perfección, encontraría una idílica relación con ella:<<¡Chiquita! ¡Apachurro! ¡En esa cola si me formo! ¡De allí deben salir bombones! La chica de forma displicente le respondió con imprecaciones que mi refinada educación me impide parafrasearlas, aunque siempre he creído que las maldiciones no existen sino más bien son construcciones mentales del lenguaje que sólo los mexicanos podemos comprender. Para cerrar la escena la hermosa chica con su voz angelical le grita: ¡Maldito guarro!... ¡Naco! Aquel jocoso ciudadano al escuchar ésta última expresión le cambió el semblante y hasta el humor, de estar un tanto concupiscente y burlón terminó abúlico e iracundo.

Nunca me imaginé el impactó que provocaría en el ciudadano que le restregaran en el rostro la palabra naco. ¿Pero en la actualidad qué significa ser naco? ¿Acaso un ser subversivo, un primate, un sinónimo de pelado, pobre, rico, clase mediera? Para responder a todas estas interrogantes no pude encontrarme con mejor definición que realiza Guillermo Bonfil Batalla en su libro México Profundo, donde señala que la palabra naco es "de origen racista, peyorativa y discriminador se aplica usualmente a la gente desindianizada, que por estar radicando en alguna ciudad trata de imitar el comportamiento, atavíos, expresiones de las altas esferas sociales, al grado de llegar a la aversión." A todo ello tengo la impresión de quien dice ser naco es chido, la verdad se impone, no creo que exista palabra más precisa y elocuente para desatinar a cualquiera. 

Hace unos cuantos meses tuve la fortuna de presenciar la película y concierto de Botellita de Jerez en la Arena Coliseo de la capital potosina, con una afluencia que rebasaba los cuatrocientos espectadores, fui testigo del Arrejunte de una de las bandas más importante del país. La fusión de ritmos, letras en doble sentido e inspiradas en libros como Forjando patria y Laberinto de la Soledad, así como la reivindicación de lo naco, conceptualizó su propuesta musical en El Guacarock. Un espectáculo que asombró a toda una multitud por la dinámica y propuesta musical de Francisco Barrio “El Mastuerzo”, Sergio Arau “El Uyuyuy” y Armando Vega Gil “El Cucurrucucu”. A propósito del escenario el cuadrilátero fungió como el excelente espacio para disfrutar canciones como: El Guacarock del Santo, Tons que mi reina, a qué hora sales al pan? Alármala de tos, Oh Dennys,entre otras más.
En referido recinto se dieron cita niños, niñas, intelectuales, activistas políticos, científicos sociales, literatos, curiosos, despistados, apasionados, renuentes, escépticos, ebrios errantes… En suma nostálgicos guacarockers. Bajo la consigna:<<¡Muera la Minera San Xavier! ¡Viva Cerro de San Pedro!>>, dio inicio una de las bandas más emblemáticas del país. 

La fuerte crítica social fue el aliciente para reafirmar una identidad negada por un agobiante Estado que desprecia la libertad de expresión. No obstante ello la diatriba del Uyuyuy, estimuló una enloquecida búsqueda por la igualdad, incidiendo en la aberración de un país discriminador como lo es Estados Unidos que, mediantes racistas leyes migratorias, pretende someter a todo ser humano sin dar muestras de respeto a la humanidad.
Sentado observé atentamente cómo la fuente de emoción se desbordaba en todo el graderío: hilaridad, canturreo, charlas, pasiones desbordadas, desmedida ingesta de cervezas, movimientos oscilatorios de cabezas, estruendosos aplausos, retumbantes silbidos, chicas compartiendo los piropos más guarros de las que han sido víctimas estimulando desaforados gritos concupiscentes:<<¡Chichis pa´ la banda! ¡Chichis pa´ la banda!>>. En resumen todo fue alegría. 

No dejo de admirar a los botellos y los años de talento que han derrochado explotando los recursos de su genio literario plasmándolos en canciones que pueden ruborizar a más de uno e instalar cómodamente a más de tres en la disertación de la cultura mexicana. En efecto de una nación cimentada en el mestizaje producto del aniquilamiento nativo y sometimiento europeo. Sería por ello la evocación de una de las mujeres más importante de la historia del México prehispánico: La Malinche. <<La primera secretaria bilingüe que tuvimos>> agrega con sarcasmo El Mastuerzo.
En el momento más decente de la noche El Cucurrucucu dedicó un idílico poema a Carmen Aristegui ante la censura de la que fue víctima; de mentarle la madre a Calderón y a los racistas del mundo; de respetar los derechos indígenas y enaltecer al EZLN; de evocar en el imaginario colectivo aquello quienes luchan los domingos y son los chidos. En pocas palabras presenciar el concierto del Arrejunte de Botellita de Jerez, fue validar el movimiento reivindicador cultural mexicano: ¡Todo lo Naco es Chido!